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El pendriver


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[Fuente](https://pixabay.com/es/photos/pendrive-memoria-memoria-usb-usb-339717/)

 

I

 

El pequeño dispositivo que encontró enterrado en la orilla de la playa el domingo pasado, mientras compartía con sus hijos y esposa, tiene todas las características de ser un Pen Driver; con entrada USB, aunque su recubrimiento exterior es completamente sólido y brillante, de un material que supone es acero, pero tiene sus dudas.

Ahora en la tranquilidad de su cuarto situado en el segundo piso, aprovechando una visita de su cónyuge a unos amigos lo saca de su maletín y lo observa.

Parece sellado completamente.

Le llama la atención su peso extremadamente liviano y que mientras lo limpia cuidadosa y exhaustivamente, nota que este no posee ningún tipo de inscripción ni marca de fabricante.

Enciende el computador y se propone a salir de dudas acerca del contenido del objeto encontrado y a que este funcione, dado el lugar encontrado.

Se pone cómodo y con el corazón latiendo aceleradamente lo introduce en el puerto requerido y espera que el sistema operativo le advierta haberlo reconocido, pero no ocurre y algo desilusionado ante esto, se dispone a retirarlo, pero un zumbido agudo le detiene.

La pantalla del monitor parpadea, luego se apaga y enciende enseguida y cuando esto ocurre unos extraños símbolos que cambian en fracciones de segundos lo inmovilizan.

El Pen ha cambiado de color y es ahora rojo.

La atmósfera del cuarto se torna enrarecida y su adrenalina se desboca y le advierte sobre algún peligro.

Intenta retirar el dispositivo del puerto, pero sus dedos se queman con el calor que produce este, lo que le confirma que lo que ocurre no es a consecuencia de algún virus informático.

Tras algunos minutos de jeroglíficos el zumbido se acalla y la pantalla toma un color celeste que en microsegundos, en forma de un haz de luz, lo deja ciego, Al mismo tiempo va proyectándose en todas las direcciones y engullendo lentamente todo.

Luego llega el silencio y cuando puede abrir los ojos, sorprendido ve todo en el mismo sitio, solo el Pen ha desaparecido y la computadora se encuentra apagada.

Su corazón está a punto de estallar.

Se levanta y va hasta el balcón a tomar aire para calmarse y queda paralizado.

Lo único que no ha cambiado es su cuarto pero se encuentra en otro lugar.

Las calles, casas y edificios que ve no son los de sus vecinos.

Un enjambre de preguntas aguijonea sus neuronas y un esfuerzo titánico de autocontrol le impide caer en pánico.

Corre hacia la computadora y la enciende.

Un mensaje de «Insert disk boot» le informa que esta ha perdido el sistema operativo.

Suspira desilusionado y detenidamente va observando cada objeto del cuarto, buscando tal vez algo que le despierte alguna forma de explicar la situación, pero todo está pulcramente en el lugar exacto.

La única lógica posible es que se encuentre inmerso en un sueño y que nada haya ocurrido realmente.

Se golpea fuertemente los pómulos con las plantas de las manos buscando despertarse.

Nada.

Todo sigue igual.

Hace mentalmente un análisis de lo ocurrido.

Nada se le ha olvidado aparentemente.

Solo por unos segundos o tal vez un minuto no pudo ver lo que ocurría.

Fue en ese momento en que todo cambió.

Sus pensamientos se desbocan buscando una explicación que rebasa lo lógico y se interna en la fantasía.

«¿El Pen le produjo un viaje espacio-tiempo, con transportación molecular?»

Se levanta renuente a creer en los mil y un argumentos posibles que cruzan por su mente, que parecen más el reflejo de una trama de novela de ciencia ficción que la realidad.

Para él, la lógica siempre ha estado más allá de las especulaciones.

Va al baño, abre la ducha y se moja la cabeza completamente.

Está en un estado de shock pasivo.

Se siente atrapado, confundido, maniatado.

Un nudo parece habitar en su garganta y una sensación de impotencia va haciéndose presente.

El cuarto ocupa toda la parte superior de la casa.

Decide enfrentar sus miedos y va hasta la puerta de entrada de la habitación que la comunica con las escaleras y con la planta baja de la casa.

Espera encontrarlo todo normal dentro de lo que ahora es, o sea, tal cual como estaba aunque en otro lugar.

Pero las sorpresas aún no han acabado.

Al abrirla se encuentra con una escalera que da a un patio trasero con suelo de césped verde y algunos árboles de jardín a los lados.

Como tocado por una descarga eléctrica en un acto impulsivo la cierra violentamente.

Unas gotas de sudor le resbalan por la frente y se percata que bajo la ropa suda copiosamente, como si una bajada de presión arterial estuviera haciendo acto de presencia.

Camina hasta la cama y se sienta en ella, colocando el rostro entre sus manos abiertas.

Tiene ganas de llorar, de dar gritos furiosos porque no comprende nada de lo que ocurre.

Entonces se percata de un detalle.

Está anocheciendo y apenas unos minutos antes, cuando todo comenzó era de mañana.

Es un indicativo que su viaje de segundos, si se puede llamar así consumió un día, por lo que debe encontrarse en el lado opuesto de la tierra.

«¿Está en la tierra?»

Todo indica que así es, incluso desde la cama cree ver el cielo enrojecido que va dando paso a la noche.

Toma el auricular del teléfono pero desilusionadamente se da cuenta que no hay tono, es un adorno como deben serlo muchas cosas de las que se encuentran allí, un escenario de teatro fabricado idéntico a su cuarto.

¿Quine puede poseer con exactitud tantos detalles del mismo?

Decide ducharse completamente, resignado a incomprenderlo todo y a conformarse que tendrá que responderse muchas preguntas en las próximas horas.

Sale chorreando agua y se lanza al colchón.

Fija los ojos en el techo de la habitación, con la mente ahora en blanco, en un estado parecido al resetear de la computadora.

A los pocos minutos el sueño lo vence y envuelto en la toalla descansa.

 

********

 

Nota: Este es el Capitulo 1 de mi novela «Proyecto Genesis», publicada en Amazon.

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Mujer de Sal (Poema) (Estrofas finales)

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[Fuente](https://pixabay.com/es/photos/%C3%A1rbol-swing-dama-mujer-ni%C3%B1a-3151608/)

 

Emerge tu recuerdo en la noche callada.
Escucho tu voz atravesar los edificios
y perderse por las calles llenas de noctámbulos.
Las nubes dejan caer sus lágrimas al piso
e imagino tu mano recorriéndome todo.
Rumor de pasos que se han ido diluyendo
por una espera larga e infructuosa
que ha asesinado los ratos buenos del pasado.

 
Todo es lejanía, ya no espero tu vuelta,
me conformo con imaginarte como eras.
Aun arde en mi pecho la huella de tu pezón,
punto culminante de tus senos redondos,
y acaricia mi pantorrilla tu muslo blanco,
hurtado en el Olimpo a alguno de sus dioses.
Palpita la carne al recordar tus gemidos
e invádeme el escalofrío de tu goce.

 
Has dejado de serlo todo para ser una cosa.
Mujer enamorada que quemó sus alas de cera
para conocer el placer supremo de la carne,
que murió unos meses para entregarse
y que arrastró en su corriente atormentada
el alma del hombre que sabia la adoraba.
Sacrificio que al consumarse dejó a un lado
el mundo, lo real, para ser naturaleza.

 
Metamorfosis de formas a las que completamente
nos fuimos adaptando y experimentando.
Tu fuiste la arena y yo el mar bravío,
Tú robaste de las flores su polen dulzineo
y al sol su luz y de ella su energía,
yo fui colibrí que extraje de ti todo
y acumulador que absorbió tu fuerza.
Y sobre todo fuiste mujer y yo hombre.

 
Ha quedado tu recuerdo firme en la noche,
tus pasos se han ido borrando de la playa.
Amor fugaz que luchó por ser perenne,
Mujer de Sal que diluyose con el trópico.
Pajarillo que al ser alcanzado por el dardo
de Cupido temió que el amor lo destruyera
Y voló errante buscando en otra dimensión
calmar el ímpetu de sus próximos años.

 
 

Nota: Este es la estrofa final del poema «Mujer de Sal» que está compuesto de 5 partes de 5 estrofas de ocho versos.

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Petacas de guerra (Vida personal)

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[Fuente](https://pixabay.com/es/photos/cometa-papalote-ni%C3%B1o-altura-juego-1560242/)

 

En la Maracaibo de finales de los 60 y comienzos de los 70, los niños y adolescentes teníamos temporadas de juegos, algo así como estaciones de entretenimiento donde nos reuníamos, incluso con los de otros sectores o barrios para demostrar nuestras habilidades en los diversos juegos tradicionales en los que competíamos.

De tal modo que existía una para jugar bolitas o metras, otra para trompo, para juego del Zulia, para emboque y para petacas, solo por nombras algunas, y de esta última voy a escribirles.

Una buena petaca se sustentaba en una buena construcción de la misma con materiales de primera y eso no significaba que fueran caros, porque lo bueno de ese entonces estaba en que el dinero no era quien mandaba sino la creatividad, de tal modo que las varillas de coco eran las que mejor resistían la fuerza del viento y cuando no había dinero para el almidón que se usaba para pegar el papel entonces acudíamos a las matas de caujaro, cuyas frutas ofrecían una pega resistente.

Los viejos trapos y la ropa inservible, que ya no podían ser recicladas por nuestras madres y abuelas, nos servían para las largas colas que permitían el equilibrio de la petaca en el aire y que igualmente servían para esconderles hojillas de afeitar doble filo, que ejercían el papel de silenciosos atacantes contra nuestros malos competidores, esos que no jugaban limpio o querían ejercer un liderazgo en nuestro terreno.

Era todo un arte el cortar la cuerda del contrario a gran altura, se debía tener un control perfecto para que la acción pasara desapercibida, porque de ser descubiertos ya la guerra no solo se libraría en el aire sino con los puños en tierra y en muchos casos los contrincantes tenían mayor envergadura que nosotros.

En ese entonces el viento no tenía edificios que lo detuvieran y era común que las cuerdas se rompieran, por eso muchos usaban curricán o pita que era más resistente pero que igual con los continuos viajes y el roce al enrollarla y transportarla perdían su fiabilidad, también la fabricación influía en el colapso del artefacto, por lo tanto era común que las petacas fueran presa del viento, de tal manera que hacer bien el trabajo de cortarlas era una travesura o maldad común en algunos.

De hecho en ese entonces las petacas ganaban altura rápidamente y ejercían una presión tan fuerte que muchos acabábamos con la piel de las manos cortadas.

En las competencias organizadas, que eran comunes, los jurados hacían minuciosas revisiones de las petacas, para evitar el ventajismo y no solo ponían atención a las colas con sus armas sino también a otros detalles que las hicieran no cumplir con las normas establecidas previamente.

Si mi memoria no falla los meses de este juego eran agosto y septiembre, que al coincidir con las vacaciones escolares arrastraban muchos jóvenes al arte de volar a través de sus creaciones de múltiples modelos y formas, las más ruidosas las llamadas fugas.

Las petacas de guerra como las bauticé en mi época adolescentes eran como los aviones de las guerras mundiales, de tal modo que habían muchos barones rojos, expertos en ellas y también eran responsables de muchos llantos y rabias por la pérdida del aparato, también de muchas peleas y batallas campales donde hubo dientes rotos y raspones en manos y piernas.

Para quienes vivimos es época, más allá de lo que pudo ser malo o no conveniente, podemos estar felices de una niñez y adolescencia repleta de momentos ingenuos y felices, en una ciudad que no anhelaba ser metrópolis y unos habitantes que se sentían orgullosos de ser parte de ella.

 
 

Nota: En el dialecto maracucho, hablado en el Estado Zulia, Venezuela, la palabra Petaca, identifica lo que en otras regiones y paises llaman, Papagayo, Volantin, Papalote,, etc.

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Tras la guerra (Relato)

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[Source](https://pixabay.com/es/photos/apocal%C3%ADptico-guerra-peligro-374208/)

 

La guerra se ha desatado.

La barbarie ha doblegado a la razón y los próximos días serán un infierno.

Los misiles son los interlocutores entre quienes se han adjudicado ser los que deciden el futuro de la humanidad.

Desde lo alto del rascacielos donde vive, Frank, alcanza a ver esas saetas letales que como emisarios de la muerte caen sobre la ciudad, causando muerte y destrucción, incluida la suya.

Mientras que en su taxi, Jacob tiene segundos para contemplar la marejada de personas que gritan y corren despavoridas, antes de desaparecer desintegrados en el aire, acompañándolos, tras la explosión de una ojiva nuclear.

Ronnie vive ahora en carne propia lo que tantas veces provocó en los videojuegos, deseando que fuera real pero arrepintiéndose ahora de esos pensamientos.

No han resultado efectivas las defensas antiaéreas y misilisticas que por años pregonaban que estarían seguros, ya que eran tecnológicamente superiores.

Que podían contrarrestar cualquier ataque y salvaguardar todo, además que la respuesta sería devastadora para quien lo intentara.

Harían falta pocos minutos para que las armas de última generación se encargaran del osado que los hubiera desafiado.

La vanidad no solo está en quienes se pavonean vestidos con el último grito de la moda o con el aparato más moderno, sino también en quienes discriminan a quienes ven inferior, creyendo que son gusanos fáciles de pisar.

El mundo ya no será un lugar apacible, ni la naturaleza un rincón donde refugiarse para escapar de la vida cosmopolita que obnubila los instintos básicos y hace del hombre un autómata alienado de las grandes corporaciones que no solo fabrican banalidades para complacer estilos de vida artificiales donde los sentimientos no son importantes, sino que también financian el terror que ahora se vive.

Los muertos civiles no se contarán como bajas de guerra sino que serán daños colaterales que estaban previstos pero que no cuantificaban la esperanza de la paz como alternativa, al fin y al cabo solo son importantes para mantener al sistema a través del trabajo y los impuestos.

Desde los bunker construidos para protegerse, los cobardes que son los culpables de la hecatombe dirigen las piezas, como si todo este desastre fuera un tablero de algún juego, inventan estrategias para propinar más muertes y terror.

No hay en ellos compasión, son mercaderes que cuando todo pase se darán cuenta que han hecho un mal negocio y quedado en la ruina.

La tecnología ha esclavizado al hombre y como un encantador de serpiente ha logrado que él sienta que es quien lleva el control, al exacerbar su ego y darle el poder de un Dios, sin saber serlo ni estar preparado para eso.

Tras la guerra tal vez no quede nada, tal vez el hombre se extinga como los dinosaurios y la tierra se transforme en un planeta inhabitado como Martes o Venus.

Tal vez los que sobrevivan regresen a ser hombres de las cavernas con mayores conocimientos tecnológicos pero sin materiales para desarrollarlas o sufran alguna metamorfosis darwiniana para adaptarse a las nuevas condiciones.

Lo cierto es que tras la guerra si el hombre logra trascender ya no será el mismo, pero seguirá siendo el mismo depredador que ha impregnado la historia de muerte y destrucción.

Es la maldición generacional que lleva en su ADN.