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Tras la guerra (Relato)

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La guerra se ha desatado.

La barbarie ha doblegado a la razón y los próximos días serán un infierno.

Los misiles son los interlocutores entre quienes se han adjudicado ser los que deciden el futuro de la humanidad.

Desde lo alto del rascacielos donde vive, Frank, alcanza a ver esas saetas letales que como emisarios de la muerte caen sobre la ciudad, causando muerte y destrucción, incluida la suya.

Mientras que en su taxi, Jacob tiene segundos para contemplar la marejada de personas que gritan y corren despavoridas, antes de desaparecer desintegrados en el aire, acompañándolos, tras la explosión de una ojiva nuclear.

Ronnie vive ahora en carne propia lo que tantas veces provocó en los videojuegos, deseando que fuera real pero arrepintiéndose ahora de esos pensamientos.

No han resultado efectivas las defensas antiaéreas y misilisticas que por años pregonaban que estarían seguros, ya que eran tecnológicamente superiores.

Que podían contrarrestar cualquier ataque y salvaguardar todo, además que la respuesta sería devastadora para quien lo intentara.

Harían falta pocos minutos para que las armas de última generación se encargaran del osado que los hubiera desafiado.

La vanidad no solo está en quienes se pavonean vestidos con el último grito de la moda o con el aparato más moderno, sino también en quienes discriminan a quienes ven inferior, creyendo que son gusanos fáciles de pisar.

El mundo ya no será un lugar apacible, ni la naturaleza un rincón donde refugiarse para escapar de la vida cosmopolita que obnubila los instintos básicos y hace del hombre un autómata alienado de las grandes corporaciones que no solo fabrican banalidades para complacer estilos de vida artificiales donde los sentimientos no son importantes, sino que también financian el terror que ahora se vive.

Los muertos civiles no se contarán como bajas de guerra sino que serán daños colaterales que estaban previstos pero que no cuantificaban la esperanza de la paz como alternativa, al fin y al cabo solo son importantes para mantener al sistema a través del trabajo y los impuestos.

Desde los bunker construidos para protegerse, los cobardes que son los culpables de la hecatombe dirigen las piezas, como si todo este desastre fuera un tablero de algún juego, inventan estrategias para propinar más muertes y terror.

No hay en ellos compasión, son mercaderes que cuando todo pase se darán cuenta que han hecho un mal negocio y quedado en la ruina.

La tecnología ha esclavizado al hombre y como un encantador de serpiente ha logrado que él sienta que es quien lleva el control, al exacerbar su ego y darle el poder de un Dios, sin saber serlo ni estar preparado para eso.

Tras la guerra tal vez no quede nada, tal vez el hombre se extinga como los dinosaurios y la tierra se transforme en un planeta inhabitado como Martes o Venus.

Tal vez los que sobrevivan regresen a ser hombres de las cavernas con mayores conocimientos tecnológicos pero sin materiales para desarrollarlas o sufran alguna metamorfosis darwiniana para adaptarse a las nuevas condiciones.

Lo cierto es que tras la guerra si el hombre logra trascender ya no será el mismo, pero seguirá siendo el mismo depredador que ha impregnado la historia de muerte y destrucción.

Es la maldición generacional que lleva en su ADN.

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